En la sombra del gesto se cobija siempre un sentimiento, no hace falta hablar cuando hay una imagen que dice mucho.Di cuenta que no puedo parar de escribir un segundo, puesto que digo en un papel lo que escribo en el aire. Se trata de traducir el lenguaje que ocultan las emociones. El corazón dicta símbolos a los que me encargo, de cierto modo, de traducirlos en letras claras y legibles. O también el arquitecto de la gramática, quien busca encajar cada palabra en la parcela de oración que corresponda, armando así una choza (verso), una casa (estrofa), un edificio (poema) o una ciudad entera (libro).Por miedo a no “triunfar” (ya que mi triunfo es ser leído) muchas veces he recurrido al abandono de esta pasión que jamás encontrará su eslabón perdido. Pero no puedo, no logro desistir enteramente aunque el sufrimiento sea una vertiente sin fondo.Cuando decido amputar mi puño y borrar mis letras, éstas vuelven siempre, me acorralan en un callejón sin salida, me arrinconan y no dan paz de mí, niegan una tregua o un pacto cordial, me exigen a explicar lo que siento y sienten los demás. Escucho que estas me dictan“No nos dejes aquí, nos tienes que compartir”.Aún así, lo triste de cuando nace un nuevo poema para mis lectores (si los hay) para mí ya está muriendo, puesto que no doy gozo de este… estoy pensando en el siguiente. Lo que escribo no es para ganarme la vida, sino para que otros no la pierdan.Guste o a quien no le guste, esta es mi poesía, una gota de tinta china del lagrimal sobre los papeles de mis días.
Franco Tripelli.
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