
Hay un lado oscuro en mi pecho,
dos personas totalmente diferentes.
Una misma razón…
compartiendo un único cuerpo,
pero dos de corazón.
Una, intenta salir a luchar
por un sueño platónico o afectivo
que tenga mas de mil motivos
para sanar el dolido corazón.
Busca un amor sincero,
no provocar en los ojos -tanto míos como ajenos-
tormentos y negros agujeros.
La segunda mitad de mi vida desganada
niega sensibilidad empujando sentimientos a la nada
un represor de futuros sufrimientos.
Beneficios si los hay al represor,
al centinela, al cuidador.
Protegiéndome no concibe latir,
no permite extrañar,
no da lugar a llorar,
no me permite confiar,
no autoriza compartir,
no deja sufrir.
Que perfecta vida sin escarmientos,
sin llantos ni lamentos,
sin soledades y melancolías,
sin nostalgias escondidas
y sin banditas adhesivas al alma en las heridas.
La palabra más importante de una frase es el “pero”
ya que ésta le prosigue lo contrario dicho anteriormente.
Amar, jugar, reir,
felicidad, compartir,
posteridad, sufrir, llanto o dolor,
tristeza y demás,
son sensaciones las cuales dan sentido a la vida;
no hay mala experiencia que sirva si no hay caída.
¿De qué sirve poder reprimir si a eso se le debe
el existir del amor y todo lo que a uno hace sentir mejor?
Son yerros en la vida, lo se…
me estoy equivocando y ahora mas bien en mi vida ideal:
planto hijos, escribo un árbol y tengo libros.
Pero de algo me tengo que aferrar para pensar
que mis sentimientos todavía están y eso... ¿de que será?
¿de los ríos de alcohol?
¿del calor de una mujer fugaz?
¿de los llantos de alquitrán?
o ¿de las familias del clonazepam?
No lo se y moriré en el intento de averiguar,
por el momento llega otro fin de semana,
saco el teléfono buscando en mi agenda
de mujeres un nombre que no se ofenda
para tener otra dama en mi cama.
Franco Tripelli.
noviembre de 2007.
Ilustración: Carlos Barocelli
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