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enero 25, 2012

Las apariciones de María. (de "Juego Perdido".)


Cristian no podía más. La veía en todos lados, y por todas partes, cada imagen de su entorno o alrededor, lo hacía recordar a su enamorada. En cada acción, cada hecho, cada vivencia, en cada experiencia la recordaba.
Para distraer su memoria, tomó un libro de la biblioteca enmaderada que tenía en el living de su casa. Leyó el título y lo atrapó. El libro se lo había regalado un antiguo amigo de bares y tabernas, con el que frecuentaban la noche.
Dio la espalda a la biblioteca, y comenzó a caminar hacia el sillón negro de dos espacios que se encontraba -de frente- a unos metros del televisor.
Primero, tomó asiento. Agarró el control remoto y lo colocó en el piso. Después, al recostarse, ubicó sus pies encima del brazo del sillón. En la otra punta, acomodó su cabeza y abrió el libro. “Amor Inaugural” titulaba la obra. Salteando el prólogo, como mala costumbre que él siempre tenía, comenzó a dar lectura sobre esa novela que trataba cuestiones amorosas.
Capítulo tras capítulo, se iba identificándose con el personaje principal. La trama era una exquisita relación sentimental, donde el cariño y el amor se percibían a flor de piel. Pero, un vuelco fortuito había tergiversado el sentimiento de ambos corazones:
Una injustificable aventurilla hizo implosión en el corazón del personaje principal, tal cual le había sucedido a Cristian con su reciente ex novia, María.
Ambas mujeres, tanto la literaria como la real, habían decidido permutar una historia de amor por una aventura de turno entre besos de sal.

Rascaba su cabeza, tocaba su barbilla y jugaba embroncado con el borde de sus labios cuando había un pasaje de lectura incómodo a su sentimiento.

En el sexto capítulo: “El otro beso”, sobre la página número138, encontró una frase que dio fin su entretenida lectura: “La venganza de un amor está en el olvido.” Decía el libro. Instantáneamente lo cerró causando el típico sonido del choque de hojas. ¡POP!.
Situó el libro sobre su pecho, dejó reposarlo ahí. Cerró los ojos, pensativo. Y decidió cumplir al pie de la letra esa frase, adoptándola como consejo. Dedicarle el olvido era la mejor venganza que podía tomarse. No demandaba ningún estratégico plan, ni un tiempo para pensarlo. Hasta dedicarle tiempo en la venganza, le haría pensar en ella; y lo que él quería era olvidarla. Porque, claro, para qué quiere uno a una persona a su lado que no lo quiere. Pensó acertadamente.

Luego, tomó el control remoto y encendió el televisor, sin alterar su posición del sillón.
La pantalla enseñó un programa informativo. El canal periodístico, hablaba de la astrología. Informaba sobre la situación de las estrellas ante el paso del tiempo a los años luz. Una mujer bien educada y con prendas formales anunció, leyendo de sus papeles, que una de las tres Marías se estaba apagando. Cristian sintió que el destino le estaba tomando el pelo. Volvió a recordarla.
Lleno de nostalgia, al borde de la lágrima viva, decidió contenerla tapando sus lagrimales con la punta de sus dedos: el índice y el pulgar.
Pulsó el botón que cambia de canal para pasar al siguiente. En éste, había una película en donde la protagonista de una historia de amor era muy parecida a María.

Volvió a oprimir el botón del control remoto y comenzó a hacer zaping, mudando de canal en canal. Suspiró, y miró al techo dejando –sin intención- la estación de un programa religioso. “Apoyarnos en la Virgen María”. Escuchó. Volvió la mirada a la pantalla y cambió, nuevamente, el canal.
Un programa de cocina le llamó la atención, no tenía hambre desde hace una semana. Pensó que, quizás, mirando esos platos el apetito llegaría. En proceso había un plato de elaboración exquisita. Casualmente era mismo que le había cocinado a María en su última cena como novios. Era inevitable, allí también la veía. El recuerdo, siempre inoportuno. Lejos de abrírsele el estómago, estaba más cerrado que un autista.
Cristian perdió su mirada sobre la superficie del televisor, como colgando sus ideas allí. Y de nuevo, la memoria. Escuchó cómo la cocinera también le tomaba el pelo: “Y cocinarlo a baño María”. Dijo la profesional. De nuevo, ahí estaba María.

Turbado, volvió a cambiar el canal. Hizo zaping otra vez. Pero el televisor volvía a molestarle la memoria. Un canal turístico aconsejaba: “En Villa María existen…” Pero Cristian no dejó continuar la frase. Cambió de canal rápidamente.
Le dio una última oportunidad al aparato reproductor de imágenes y puso un documental sobre geografías. Pero tampoco. Ver las montañas, hacía recordar sus viajes con María. Al igual que cuando enfocaban los ríos, valles, etc. Todo era María.

Ya no podía ver más cosas que le recordasen a María.
Música, pensó. Y buscó un canal musical. Al encontrarlo, allí estaba un cantante puertorriqueño vocalizando “Y así es María, tan caliente y fría, que si te la bebes, de seguro te va a matar”. Entonces, con un odio desmedido lanzó fuertemente el libro que reposaba en su pecho hacia el televisor. La brusquedad del aventón hizo que tambaleara y terminó por caer el televisor al suelo.
Desbordado de nostalgias y melancolías, especuló que la única manera de lograr olvidarla, definitivamente, era no volver a verla. O mirar algo que la relacionara con ella. Pues entonces, sólo quedaba una cosa por hacer. Una decisión poco ortodoxa.

Levantó su humanidad del sillón y se dirigió al jardín que quedaba en el espacioso fondo de su casa. La atravesó por completo. Y una vez en el límite del paso al jardín, posó su mano en el mosquitero y lo empujó para darse paso. Le dio la bienvenida a sus pies un caminito discontinuo de cemento con forma de piedras, éstas parecían que estaban incrustadas en el pasto. Comenzó a mover sus piernas con pisadas lentas sobre este.
Mientras se daba paso al centro del jardín, no se permitía apreciar aquellas flores que había plantado hacía tiempo con María. Justamente había amanecido la primavera y las flores mostraban sus mejores prendas.
Las había de todo tipo según su corola. Habían plantado tanto gamopétalas, como dialipétalas: Tulipanes, margaritas, rosas, jazmines, verónicas, amapolas, violetas, etc. Todo un jardín colmado de colores radiantemente vivos. Pero todos le recordaban a María. Así que siguió caminando con la mirada concentrada en su caminito de piedras.

Había un sol que rajaba la tierra, sentía cómo su piel iba absorbiendo aquellos rayos de luz, hasta que llegó donde él disponía.
Una vez en el centro del jardín, dio unos pasos hacia el pasto y se detuvo.
Parado y tieso, agachó la cabeza. Abrió ampliamente sus manos distendiendo sus dedos. Luego, los cerró empuñando el aire. Lo hizo con tal fuerza que sus propios dedos estaban a punto de perforarle las palmas de sus manos.
Inhaló bruscamente el oxígeno que le proporcionaban las plantas de su jardín inflando su pecho y lo contuvo varios segundos. Más tarde, exhaló.
Listo, había tomado coraje y su decisión era irreductible, irrevocable.

Erguido, firme y convencido, levantó la cabeza apuntando al cielo y clavó su mirada al sol. Los rayos ultravioletas se iban adentrando directamente a las pupilas. El celeste del cielo cada vez se iba achicando más y más. Como efecto inverso, el blanco reflejo de sol circular se iba agigantando. Le dolía el globo ocular, obviamente le dolía. Pero su voluntad fue más fuerte que el sufrimiento. Sintió como si infinitas agujas estuvieran clavándose sobre su córnea. El iris de sus pupilas ya se estaba decolorando. Una pena, tenía unos espléndidos ojos de miel.

No pestañó; de hacerlo, su plan podía fallar. Y eso, sería una vana tortura.
¡Chau! ¡chau! ¡chau! ¡Adiós, María! ¡Adiós! Pensó Cristian en sus adentros.
A pesar de que los segundos pasaban con martirio, Cristian, no gritó, no gimió, no lloró, no pestañó, ni titubeó. Siguió fijo sosteniendo la poca mirada que le iba quedando.
Una delgada circunferencia celeste alcanzaba a ver. Ya estaba apunto de lograrlo. Los músculos oculares estaban debilitadísimos; el desgaste ocular había acelerado su proceso gracias a la luminosidad excesiva del sol. Se estaban quemando. ¡Adiós, María! ¡Adiós! Siguió pensando. Entonces, por completo quedó una blanca imagen como un papel. Ahora sí, en cuestión de segundos esa blanca luz se apagaría y volvería completamente oscuro el ambiente. Resistió. Sobre el final casi pestañeó, pero se contuvo apretando fuertemente sus dientes. ¡Adiós, María! ¡Adiós! ¡Ojos que no ven, corazón que no siente! Se dijo con los ojos anegados al sol. E instantáneamente las tinieblas se hicieron presentes. Negro. Todo a su alrededor estaba negro. La luz ya no emitió reflejo en sus músculos. Finalmente, Cristian, se había suicidado la mirada.

Le dolía muchísimo la cabeza, no veía nada. Nada. Pero, ahora sí: nunca más vería a María. Jamás una imagen la recordaría. Nunca jamás. Su vista había sido amputada, y con ésta, cauterizaría a María de sí.

Cristian perdió su postura. Estaba débil, lánguido. Renunció a la verticalidad de sus piernas y las dobló desplomándose totalmente sobre sus rodillas. Al soltar su peso dejó que chocaran bruscamente contra el verde césped. Arrodillado, se sentó sobre sus talones. Ya no estaba erguido, dejó caer sus hombros. Llevó sus manos hacia delante, justo entre el espacio libre que proporcionaban sus rodillas. Las manos se unieron enlazando los dedos, uno al otro se superponían. Y su cabeza se inclinó apuntando el piso con su ciega mirada. Adiós, María, adiós. Dijo en voz alta; y se permitió llorar.

Pobre Cristian, olvidó que el amor es ciego.

Franco Tripelli.
Mitad de Octubre 2011.

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