agosto 09, 2016

Colgué los preservativos.

Ante todo, quiero aclararle
a las Juanas de Arco del siglo XXI
que no lean este texto, no es para ellas.
Pero si no pudiste, Juanita XXI,
no te apures a sacar conclusiones y llegá hasta el final,
en realidad estamos los dos en el mismo juego, perdiendo.

Aparece ella, o cualquiera, pongamos por nombre “Fulanita”,
diciendo “Tengo ganas de verte”,
y “qué querés hacer?” preguntás como un caballeroso pelotudo,
porque va a darte mil vueltas para que concluyas
invitándola al departamento a cenar
y termines siendo el degenerado pervertido que tanto les gusta
clavándola contra la pared como una obra de arte,
porque ellas son una obra de arte, que nunca se te olvide.

Y ahí comienza la gran epopeya,
cambiás las sábanas, acomodás la habitación,
limpiás el departamento mientras los efectos químicos de la Lavandina
te mandan de viaje al país de las nubes multicolores.
Pero, no termina ahí la leyenda, porque querés ser distinto
y no formar parte de ese “Histericidio” que hoy hacen los tipos,
decidiste hacerte el Francis Mallmann y prepararle un plato
que esté a la altura de su presencia femenina:
Cordero a las finas hierbas con papas gratinadas,
jamón crudo y trufas. 

Entrás a la carnicería, mientras,
vas pensando en el tiempo de cocción y su llegada,
en la cola, la señora octogenaria del mismo edificio
te pregunta cuándo vas a ponerte de novio,
que la juventud está perdida
y que el hall del edificio parece un desfiladero animales.
“Si ladra es perra, si te vacía la billetera es gato”,
le decís a la vieja para joderla, que siempre
te engancha con alguna a las 8 de la mañana,
y la señora se ríe, te pellizca la mejilla diciéndote que sos terrible.

Después vas a la verdulería, pero no a la del barrio,
porque esa no venden trufas, prácticamente
te vas al Mercado Central, pero no importa.
A la vuelta pasás por una vinoteca a comprar un tinto,
porque de seguro ella, como tantas otras, cae con las manos vacías;
y automáticamente recordás que vas a necesitar un postre,
y con el postre un Champancito, así qué comprás el vino
y comprás el Champagne; después pasás por la heladería
para adivinar qué gustos le apetecen, que elijas el que elijas,
ella va a preguntarte medio chiste, medio verdad
si le viste cara de gorda (un helado que vos nunca vas a probar,
porque como se te la pasó hablando en la cena
no comió un carajo).

Pero nada importa, total después van a la pieza
para perder media hora eligiendo una película
que nunca terminás de ver porque a los 15 minutos
el Comandante Hormonas dirige y querés darle
hasta sacarle la columna por la boca;
mientras el helado se derrite, pero terminan haciendo la cochinada.

Después de hacerlo, ella tiene hambre de nuevo, porque claro,
no comió en la cena, y el helado ya está derretido,
entonces como no puede dormirse le da a la perorata
proyectando una vida juntos que nunca van a tener,
porque a lo mejor ella ahora está en otra, está de novia,
o simplemente tiene ganas de hincharte las pelotas
porque lo encuentra divertido decirte que
“A vos te toca cada loca de mierda” como eximiéndose
de lo que el tiempo terminará demostrando:
ella va a superar las turbulencias neuronales de la anterior.

… Y… ups!
Al día siguiente tenés que trabajar y cumplir un horario,
cosa que a ella no le importa porque siempre te pide 5 minutos más,
que se transforman en 30 de fiaca,
más los otros 30 minutos en el baño que se toma
para que la ciudad recupere a su reina.
Pero el título de “Hijo de puta”
te lo ganaste igual porque la estás echando,
o sos “Misógino” porque no sabés tratar a las mujeres.

Y bueh, no te interesa, total, así debe ser la vida…
Entonces, después de tanta parafernalia,
cerca del horario pactado para la cita (que nunca respeta),
ella reaparece de nuevo con su complejo de dama:
“Me pasás a buscar?”
Tu mundo se cae abajo, te sentís un forro, un esclavo: 
te dijo que tenía ganas de verte,
le armás el menú, le preparás la comida,
le comprás el vino, le comprás el postre,
le comprás el Champagne,
le ponés el lugar para coger 
(porque la idea original era coger
y no porque ella tenía ganas de verme,
pero uno le sigue el juego para que después
no digan que las tratas como unas putas)
y ella no es capaz de tomarse un taxi…
que encima terminás pagando vos
porque no había cajeros automáticos en el camino.

… No… Basta… Colgué los preservativos…

Yo te remo hasta el Titanic con dos plumas, 
pero si vos al menos no te asomás a la barandilla
para mirarme con cara de idiota enamorada,
dejo que te hundas por concha fría.

En la guerra sexista entre
el “Son todas putas” y el “Son todos iguales”
están en el medio los que la pasan mal;
siendo víctimas de este extremismo abstemio de emociones,
donde la pluralidad disecó valores, tergiversó los roles
y de un tiempo a esta parte relacionarse está muy bravo,
porque ante este contexto de pasiones descartables,
de gemidos exprés, latidos fugaces y compromisos efímeros,
todos están a la defensiva, dispuestos al contrataque 
y si le sonreís a alguien con buenas intenciones
te sentís que vas en contramano por la 9 de Julio en bicicleta.

Franco Tripelli

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