noviembre 25, 2016

Donde cenizas hubo, el fuego quema.

La viste entre la multitud, encima de noche,
pero aún el corazón tiene esa inconfundible capacidad
de diferenciarla por sobre la gente común.
Intempestivamente se te adentra un calor de sauna sofocante,
cada glóbulo rojo de tu sangre es una brasa ardiendo;
y es ahí cuando sentís una electricidad que te paraliza
recorriéndote todo el cuerpo
como si tu memoria fuese de recuerdo en recuerdo,
de una tormenta a otra usando los rayos como lianas.
La adrenalina te hace temblar las piernas,
y te tiemblan enserio…
porque te suben por la medula espinal
millones de hormigas con tacos de agujas
como si tu columna vertebral fuese un hormiguero.

La mirás un rato, como tildado,
pensando que la esperarías
hasta que el infierno te quemen los pies,
pero lo cierto es que te quemaste a lo Bonzo
en el sincericidio del punto final.

A pesar de que parecieras tener la mirada perdida
porque tu brújula ya no apunta al norte,
ella es el punto de encuentro de todas tus emociones:
la quisiste hasta donde no te correspondía.

De pronto, se va, no te vió,
ni tampoco te dejaste ver…
porque sabés muy bien que el Amor, como un ave fénix,
resurge de las cenizas…
pero como todo pájaro, éste tiene alas,
y hay que dejarlo volar para que no te queme por dentro.


Franco Tripelli

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