marzo 31, 2017

Imperio salvaje.

Estoy decepcionada, dijo al chocar repetidamente,
uno de sus anillos contra la copa de champagne
que aún no le había servido.

Es decir, no me malinterpretes, continuó,
pero creía que apenas pasara por la puerta
ibas a arrojarme contra la barra,
sorprenderme por detrás con tu agitación en mi nuca,
meterme la mano en la entrepierna
y hacérmelo salvajemente; concluyó, mientras
colocaba su codo derecho sobre la madera.

Una vez más, era culpable
de creaciones imaginarias prematuras,
y tenía que depurar el pus hormonal tras la fantasía,
que, en rigor, estaba en lo correcto;
pero hasta los animales más salvajes
hacen un cortejo sexual para excitarse.

Sin embargo, me quedé callado con las cejas levantadas,
tratando de reconocer qué clase de ninfómana ansiosa
había entrado a mi departamento.
Porque poco le conocía, ella sólo había tenido el gentil gesto
de salvarme en una runfla
contra un amigo suyo, de peso completo en celos,
y su séquito de machos beta.

Creí que eras apasionado, terco, rústico y degenerado,
o al menos eso leo en tus escritos, susurró mirando el piso;
tendría que haberme quedado con mi novio, dijo
desenmascarando al “amigo celoso”.
Ahí entendí todo, el tiempo nos apuraba,
así me gustan… mujeres de buen corazón
y malas costumbres.
Marche un sombrero de graduación para otro Bambi!

Tras unos segundos de silencio en el aire,
liberé al león enjaulado en mi pecho
que agarró por las caderas a esta yegua rayada.
Le di la vuelta con una mano en la cintura
y con la otra en la nuca la incliné sobre la barra.
Levanté su pollera de un tirón
como si un soplo del diablo emergiera entre sus piernas.
Despellejé su top blanco que le cubría torso y…
maldito sea el inventor del Push Up!

Sin tetas no hay paraíso,
pero algunos culos son un palacio…

y ya sabemos todos quién es el rey del imperio salvaje.

En fin…
Me hackearon la contraseña de la bragueta,

ya está entrando cualquiera.

Franco Tripelli

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