marzo 31, 2017

Monstruo de dos cabezas.

Te pienso las 24 horas, y de noche también;
menos cuando duermo, ahí te sueño. Le dije al oído
después de hacer el amor sin darme cuenta
que poco a poco me estaba convirtiendo
en amante de rapiña.

Aun así, no sé cómo  ni por qué,
continué construyendo el castillo de esta princesa…
en arenas movedizas:
“Y algún día, o quizás una noche,
ya cansado de todo esto;
voy a agarrarte de la cintura
y llevarte a mis sueños.”

No importa quien sea, ni cuánto la quieras,
si algo aprendí repetidamente,
es que si le das la mano a una mujer…
te agarrará del cuello.
(con el tiempo, afortunadamente,
aprendí Aikido).

¡Ay! ¿Franco, cómo no amarte?
Mira las cosas que me decís; dijo entusiasmada,
y al rato, se excusó: Sos de todas
pero perteneces a ninguna…
jamás podría tener una relación seria con vos,
sufriría todos los días y te odiaría todas las noches.

La novia infiel, no confiaba en el mujeriego soltero.
¡El muerto se reía del degollado!
Honestamente, me puso las pelotas
como “Little Boy” y “Fat Man”
a punto de explotar sobre Hiroshima y Nagasaki.

¿Y saben qué? Los mujeriegos son unos hijos de puta,
pero a mí siempre me suena el teléfono
cada vez que un noviazgo les fracasa.

Este mundo maravilloso es para otro universo;
donde no me sentiría un monstruo de dos cabezas,
que con la de arriba piensa y con la de abajo…
se coge  a la novia de otro.

Las historias de infieles deben ser contadas así,
y no con la poética admiración de lo prohibido.
Porque mientras dos prohibidos juegan,
hay un legal que ya perdió.

Franco Tripelli

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